domingo, 26 de febrero de 2017

POSTPRODUCCIÓN_3


     Érase que estaba yo dándole vueltas al tema de la dichosa novela y repasaba medio distraído las páginas del Dominical del Ps. En medio de un artículo, y sin que viniera muy a cuento, aparece Tristam Shandy. Un personaje medio olvidado al que es realmente difícil encontrar en ese contexto. Allí estaba. Precisamente ahora que estoy leyendo el libro e incorporando la temática en la novela.

     Reconozco que no pasé de pensar en la maldita casualidad. Unas páginas adelante o atrás, en cualquier caso cinco minutos después, un artículo de F. Fernan-Gómez me puso en el disparador: son las disgresiones, dudas y problemas que se le plantean a un escritor que está embarcado en una novela de la que lleva escritas OCHENTA páginas y quiere llegar a las TRESCIENTAS. Algo que no había escrito, pero como si lo seriese. Ahí ya me dí por vencido, pensé en los piolines cortazarianos, en la maga, en ti y en la extraña lotería babilónica que es la vida.


     Este mi pequeño rato libre no da para más. Pruebo con otra despedida: Un beso donde más te guste. Con perdón y con amor.
      Ten amigos para ésto. Después de no sé cuantos días tratando de coordinar una cita, ahora resulta que A.H. todavía no ha pasado del segundo capítulo. Nos está bien empleado, por fiarnos de él. Si ya sabía yo que era un informal. Y poco dado a esto de leer. Y menos si tienes en cuenta que lo que hay que leer es una novela no publicada, no acabada de escribir y cuyo autor es un amigo. Lo comprendo. No se puede forzar la naturaleza humana hasta ese punto. Ochenta páginas son muchas páginas para un hombre que tiene altos los niveles de ácido úrico y sufre por ello en las articulaciones. Ni aunque este hombre sea joven, menos de la treintena, ni aunque sea un hombre de excelente humor habitual.


      Como quiera que yo quiero a A.H., no quisiera que cualquier lector impulsivo y desengañado de los valores humanos sacase conclusiones demasiado rápidas de A.H. Y como quiera que A.H. ha pasado a formar parte de la trama de este libro, me veo en la obligación, el placer y el compromiso de presentarle.

     Seeñoras y Seeñores, tengo el gusto de presentarles a un gran profesional, un estupendo bebedor, un juerguista nato, un ingenioso verbal, caricaturista cítrico, peleón por naturaleza, pasota desenfadado, jugador de billar del tres al cuarto, ligón, músico casero, de estatura y pelaje inferiores a la media nacional, de tamaño craneal superior (a la media nacional) y de un encanto personal también superior a la susodicha media.
     En resumen, un hombre sin más complicaciones que las que resultan de vivir: mi buen amigo A.H. 
    

    Lo peor de todo, con ser malo, con ser suficiente para retirarle el saludo a cualquiera, no es que A.H. haya llegado tarde. Ni tampoco lo es que no haya pasado del segundo capítulo, con ser gravísimo y una falta de consideración de tamaño mayúsculo. Lo peor no es nada de éso y ni siquiera yo pude percatarme de ello hasta que la cosa ya no tuvo remedio.

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