domingo, 12 de marzo de 2017

POSTPRODUCCIÓN_15


      Y para colmo de males surgió el salvapatrias. El buen hombre que todos llevamos dentro, tozudo en su bondad, o armado con su bondad tozuda y se hizo cargo de la situación. Según él, nosotros debíamos tomar la decisión. Éramos los más indicados. Para decirlo con San Carnegui, éramos las personas adecuadas, en el lugar oportuno y en el momento justo. Teníamos todas las cartas en la mano, y era nuestro turno. Repito que hablo por mí mismo y estoy convencido de que los demás no compartirán todas mis opiniones, pero en aquel momento tuvimos miedo. Lo juro. Lo sentí. No un miedo físico, ni siquiera un miedo personal o profesional. Fue un miedo humano. Situacional. Fue un happening de miedo. Algo que merecería contarse en un videoacting. Un miedo denso y social que nos envolvió a todos. Incluido el prócer que, después de su arrebato, se quedó fofo y como sin forma definida. La habitación, como siempre a oscuras, sólo las luces continuamente cambiantes de los monitores, dieciséis en total, envueltos en el zumbido continuista del aire acondicionado. Las respiraciones jadeantes y entrecortadas de unos se fusionaron sin solución de continuidad con los suspiros prolongados de otros. No sé cómo puede convertirse el plomo en aire, debe ser cosa alquímica, pero lo cierto es que se convierte. Un aire inmóvil, denso y no demasiado transparente. Un aire que se tragaba la respiración. Eso fue lo que sentimos. Allí, sentados en nuestros sillones giratorios, con ruedas de fácil movilidad, envueltos en los titilantes centelleos de las consolas y los paneles de mandos, nos sentíamos en el más angosto y desnaturalizado de los mundos. El mundo de las ideas y las máquinas. Un mundo árido y frío, desolado y desolador. Nada vivo. Ni siquiera un vestigio de naturaleza. Sólo ideas y máquinas y aquel aire que pesaba sobre los hombros como una novela sin acabar. Por eso gritamos todos al unísono. Por eso estallamos en un alarido capaz de matar a un hombre. Por eso lo abandonamos todo y salimos corriendo.


      Con ligeros matices, yo podría estar de acuerdo con esa versión. Lo que dices es cierto. Para ser exacto, los hechos que has contado sucedieron tal y como los has contado. Sin embargo, creo que la interpretación que haces no es la correcta. Pero dejemos eso ahora que no es lo importante. Lo importante sucedió a continuación. Cuando todos salimos corriendo. Nunca me había sentido así. Y creo que nunca en toda mi vida volveré a sentir tanto miedo y tanto dolor juntos. Salí de allí despavoriendo. Me supe tan solo, tan jodidamente solo que busqué inmediatamente refugio en los demás. No quiero aburrirte con los detalles, pero me fui a Valladolid a casa de unos amigos a pasar la noche. Y al día siguiente, seguí huyendo. A medida que iba subiendo hacia el Norte, Nacional VI arriba, fui olvidándome un poco de todo. Atravesé los montes y los valles. Las panzas de los cerros tiñéndose de malva, rosáceo, lila y morado. El sol colándose entre nubes altas, grandes y blancas. El aire, más que transparente, cristalino. Saturado con cientillones de partículas acuosas. Justo lo que yo necesitaba. Un ambiente húmedo y cálido, como una matriz que me acogiera y me envolviera, apartándome del mundo, dejándome en suspenso. Ya veo que te ríes. ¿No te lo crees? Si. Si te lo crees. Tú has sentido poco más o menos lo mismo. Lo que no te gusta es el estilo pomposo y liricursi. Bueno, qué le vamos a hacer. Cada uno es cada uno, y seis media docena, mira éste. Pero en fin, abrevio porque veo que tienes ganas de escuchar también las versiones de los demás. Llegué a Coruña y fui feliz. Hay un bar en Coruña, al final de Concha Espina, justo encima del pequeño astillero donde pintan los barcos de poco cabotaje. Soleado y animado. Ya, ya sé, no tengo que enrollarme mucho. A lo que íbamos, fui a casa de Queca, Tim y el bonsai. Salimos a cenar y nos acostamos pronto.

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