Boquiabiertos,
admirados, patidifusos quedaban los afortunados a quienes
comunicábais vuestro esotérico saber. Y volvíais a cabalgar sobre
un tiro de caballos blancos, alados, sin saber que se llamaban
Pegaso. (¡qué empalagosa puede llegar a ser la segunda del plural
en pasado!) Es el pasado de otros. Vuestro pasado. Conviene cambiar
de voz. Conviene también saber si se cuenta el resto del suceso,
porque en cuanto a encuentro con la publicidad ya está narrado:
pero queda por saber el encuentro con el dinero y sus repercusiones
futuras. Claro que si se cuenta se corre el riesgo de ridiculizar a
alguno de los protagonistas. Resulta que cuando el héroe del
banderín llega a su casa, harto de andar, harto de banderín y harto
de helados, la mísera familia a la que pertenece le exige la entrega
imposible del dinero recibido y gastado. A partir de aquí puedes
hacer tú mismo las consideraciones: valor y disponibilidad del
dinero. Responsabilidades que se contraen cuando se consigue. Familia
y propiedad. El yo y los demás. Frustración, castración y
reafirmación autodefensiva. La madalena de Proust. El banderín de
EGYCSA. El mundo y el dinero. Todo esto conviene saber si se incluye
o no se incluye. Una buena solución sería convertirlo en párrafo
opcional, con un encabezamiento en negritas que diga: “no
lo lea si no quiere”.
Algo así como un modelo cortazariano para armar que daría
modernidad a la novela. Seguro que es una cuestión en la que el
editor puede aportar mucho. Sobre todo experiencias negativas. El
sabe, como Popper, que el conocimiento es un camino hecho de errores.
Yo
encontré pronto la publicidad, ya queda dicho. O ella me encontró a
mi, vaya usted a saber. El segundo encuentro surgió unos dos años
después, cuando yo seguía siendo un niño. Apareció también,
aunque no me di cuenta de ello hasta muchos años más tarde, el
márquetin. (a
propósito de la grafía correcta, hay artículos, menciones y
opiniones para todos los gustos en todas la publicaciones que alguna
vez en su temario hayan tropezado con el marketing. Digamos con la
mercadotecnia.) Mi tío, P.B. era grande y fuerte. Joven, jovial,
gritador. Lustroso, bien peinado y siempre bien vestido. Con un
enorme bigote rubio de guías inglesas. Buen comedor y buen bebedor
tenía un negocio de tejidos. Había instalado, con otro socio, un
almacén de venta de tejidos en una ciudad llena de fábricas y
tiendas de tejidos. Era una tienda moderna, en plena calle del
mercado de abastos, por donde pasaban cada día y especialmente los
jueves, que venían también de los pueblos de alrededor, cientos de
mujeres. La tienda olía a ozonopino y estaba, siempre, brillante y
pulida. En las estanterías y los escaparates había tejidos de todas
clases, pero sobre todo tejidos de lana y cheviot, estambre y
tergales que por entonces, hacían furor. Había una trastienda
alargada, con una de esas inmensas mesas que se usan para medir y
cortar las piezas cuando salen del telar, donde trabajaban dos o tres
empleados. También, y eso si que era una novedad, había música. Yo
era bastante niño por entonces, ya he dicho. Lo traigo ahora a
colación porque nunca supe de dónde salía la música. Ni
siquiera me interesó saber cuál era la
fuente de la que brotaba tamaña maravilla. Entiéndaseme bien, no es
que yo no hubiese escuchado nunca una radio, que casi todos nuestros
vecinos tenía y que yo escuchaba en casa de mi tía; no, lo que
ocurría es que yo no acababa de encajar la música en una tienda. No
era lo suyo y esa transgresión de la norma me maravillaba.
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