martes, 14 de febrero de 2017

OPERACIÓN VÍDEO_40

  O mejor dicho, así huele la vida. Alguien que muere y alguien que nace. Nadie sabe ni por qué ni para qué, pero es así. El Loco está loco porque no ha encontrado respuesta. Ni a esa ni a otras muchas preguntas que se hace. Claro que el Loco coincide muchas veces con los demás, o dicho más propiamente, todos los demás tienen ramalazos de locura. El Poeta, por ejemplo, no entiende la mentira. Y como consecuencia, tampoco entiende la vida. Hablan el Poeta y el Loco sobre las piedras, el aire, el agua, las nubes, el cielo, la lluvia y otras cosas bellas e inanimadas. Y convienen entre ellos en que no mienten. Hablan también de los hombres y las mujeres. De los niños y los ancianos. Y convienen en que mienten. Por miedo, por malicia, por oficio, por juego. También con el Pintor habla el Loco. No mucho, porque sobre todo pintan. Pero entre mezcla y mezcla, entre mano y mano, fuman un cigarrillo y hacen algún comentario. Casi siempre sobre la inutilidad del arte. Coinciden el Loco y el Pintor en que una característica fundamental del arte, perdido ya su uso como representación de los sagrado, es su inutilidad. Sólo sirve a quien lo hace, mientras lo hace. De nada le sirven a Van Gog los miles de millones que ahora pagan los japoneses por sus girasoles y sus retratos. Ni el pedestal en que le hemos puesto va a devolverle su oreja, dice el Loco con mirada maliciosa. El Pintor calla y otorga mientras apaga el cigarrillo y se aferra al pincel. Sólo el Publicitario discute con el Loco. El Publicitario está cuerdo y reniega de él. Oscuramente sabe que tiene la batalla perdida y por eso mismo abjura del loco. Claro que el siervo del márquetin también duda. Y ahí le duele. El Loco encarna todas sus dudas. Y es muy duro verle ahí, cara a cara, y saber que él es todo lo que el hombre responsable quisiera ser sin atreverse a serlo. El Publicitario y el Loco no se llevan bien. Como dos caras de la misma moneda. Siempre juntas. Siempre irreconciliables.






QUINTO CAPÍTULO




Incauto lector que hasta aquí has llegado: debo confesarte un secreto a voces: el movimiento se demuestra andando y caminante no hay camino. Dale la vuelta a los personajes que conocemos. Pongamos que el Pintor es fotógrafo, por aquello las afinidades de luz y encuadre. El Poeta puede ser actor, que también tienen algo en común, porque los dos declaman. Al Publicitario colócale la etiqueta que mejor te cuadre; por ejemplo la de auxiliar administrativo, o la de tornero o barman. (Aviso: si el palabro no está aceptado por la Academia, sustitúyese por camarero) También puedes adjudicarle el papel de vendedor a domicilio, obrero a destajo y hasta estudiante de filosofía. En fin, que cualquiera es intercambiable. Menos el Loco. El Loco no es intercambiable porque ya hemos quedado que es el único vivo. Y además, el que los comprende a todos. El Loco es la clave de arco de esta novela. Sin él nada tendría sentido. Eso contando con que algo de todo esto tenga sentido. Y no te olvides de Exquisita. Ella es la razón de ser del Loco y, como consecuencia, la razón de ser de todos los demás. Y si hasta aquí el rompecabezas no tenía ni pies ni cabeza que romper, hay razones para pensar que algún tipo de hilo ata esta gavilla. Prepárate lectora. Ahora te toca a ti. Tú eres aquella por quien y para quien se escribe. El anhelo perdido que hizo del Loco todo lo que es. Has sido tú, te crees que no te he visto. Tu inspiraste al poeta. Tu incitaste al pintor. Por ti y para ti trabaja el publicitario. Por ti suspiramos, gimiendo y llorando. Fuente oscura. Claustro al que volvemos. Aspiración irrenunciable. Tú que tampoco tienes la culpa de ser como eres. Mujer a tu pesar. Mujer con tus pesares. Objeto de culto. Objeto de deseo. Objeto a secas. Persona cuando puedes, como todos. Exquisita, sal a la luz. Alumbra ya esta tiniebla y dale, por fin, un sentido. Todo lo que has leído y todo lo que leerás, no puede pagarse con una tarjeta. Todo lo que has leído y todo lo que leerás, tiene un principio y un fin: tu misma.

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